Las personas piensan, cuando me escuchan hablar, que soy testaruda y poco más que tonta. Algunas me lo dicen en la cara y no dejan que la compasión les apacigüe comentar con certeza. Probablemente tengan razón. Es cierto que ya no lloro cuando lo recuerdo ni tiembla mi voz cuando su nombre pronuncio. Pero lo que no entienden, o no quieren entender, es que aún queda rastro de él en mi y eso no lo puedo controlar. Parte de su nombre está manchado en el mío y de esa huella no podré deshacerme aunque los años pasen. Aunque la vida me cambie de ruta, le desoriente el olfato y me pinte invisible. Soy presa fácil, lo fui desde el primer día que lo vi. Por eso sé que no puedo irme. No me corresponde a mi tomar esa decisión. Así como no fue mía la decisión de enamorarme.
Su ausencia y su presencia son caras de la misma moneda. No puedo tener una sin la otra. Dejé de contar mis lágrimas y las veces que me las he secado a tu nombre. Así que entiérrame y desentiérrame las veces que haga falta. Toma barro de mis entrañas y juega a parchar los vacíos en tu cuerpo.
martes, 8 de marzo de 2022
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